viernes 22 de mayo de 2009

Grande Benedetti



¿Cómo será el mundo cuando no pueda yo mirarlo

ni escucharlo ni tocarlo ni olerlo ni gustarlo?

¿cómo serán los demás sin este servidor?

¿o existirán tal como yo existo

sin los demás que se me fueron?

sin embargo

¿por qué algunos de éstos son una foto en sepia

y otros una nube en los ojos

y otros la mano de mi brazo?

¿cómo seremos todos sin nosotros?

¿qué color qué ruidos qué piel suave qué sabor qué aroma

tendrá el ben(mal)dito mundo?

¿qué sentido tendrá llegar a ser protagonista del silencio?

¿vanguardia del olvido?

¿qué será del amor y el sol de las once

y el crepúsculo triste sin causa valedera?

¿o acaso estas preguntas son las mismas

cada vez que alguien llega a los sesenta?



ya sabemos cómo es sin las respuestas

mas ¿cómo será el mundo sin preguntas?


Mario Benedetti

sábado 7 de febrero de 2009

I


Después de condenar a todas las mujeres que le habían llorado, tanto o más que una misma, también yo me sentía invadida por una sentencia.
Podía imaginar el dedo acusador del dios de las túnicas, ese dios arrogante que tanto nos había castigado con su decisión unilateral de hacernos nacer a cada uno espalda a espalda de la tierra, señalando directamente hacia mi sexo.
Tú eres y no otra la causante del fuego”.

Nunca me atreví a contestarle. Con los labios jamás, al menos. En la cabeza yo le protestaba ser lluvia, líquido azul original y transparente. Agua única.

Así pasé algunos de mis domingos durante tres años. Acompañada de un dolor que era una madrugada demasiado prematura atravesando mis cortinas. Una claridad insoportable dañando a mis párpados y mostrando sin pudor los agujeros de un corazón más negro que rojo a cada minuto en el que era atravesado por el día.

Durante esas horas solía dolerme la garganta como si en ella yaciese una palabra enferma. Pronunciaba su nombre, en voz alta, claramente, tratando de comprobar si al materializarlo la angustia se liberaría.
Nunca fue así. Quizás porque las imaginaba a todas ellas haciendo lo mismo.

Solamente quedaba buscar entre las sábanas mejores horas, las de la oscuridad. Cubrirse la cabeza con las mantas y abrazarse a mis únicas posesiones, las sombras.
Toc-toc. Toc-toc. Toc-toc.
El corazón comenzaba su música negra.

Él silenciaba a Dios en mi cabeza. Alargaba su mano (interpretada por la mía) apenas unos centímetros encontrando, allí bajo toda la ropa de cama, el centro exacto de mi vida.
Un círculo, dos círculos, tres círculos… sus (mis) dedos eran un compás creando circunferencias perfectas alrededor de un ombligo profundo y ahora recordado.
Yo sabía lo que vendría después, el ascenso y descenso, de mis senos al sexo, donde se hundirían en la humedad hasta desaparecer.
Él. O yo en mí misma.
Ya no estaba sola.

De Medio día en París.

lunes 29 de diciembre de 2008


Mi mejor palabra... será su nombre.

sábado 18 de octubre de 2008

Fragmentos recogidos en un epistolario



Extraño amor: como en las malas canciones y en los días trágicos, mientras la oscuridad y el hielo, abrazados al fondo de los vasos, decoran nuestra historia de seres razonables, te dejo esta carta sin héroes encima de la mesa. No hay intención en ella: ni demanda moral ni instinto atormentado; es simplemente un gesto literario, la representación privada, el despedazado anfiteatro de nuestros ojos.

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Quien pretende elegir la felicidad sólo merece ser invitado a sus ritos. Nada es el mar en tus palabras sino una decisión para mañana, la conciencia escogida, el paso que te aleja del cuerpo o de la piedra que se arroja al vacío. No sé si te das cuenta: vas dispuesto a engañarte, y ofrecer renuncia es siempre un don amargo, palabra innecesaria para el que no lo sabe. A través del deseo intentarás salvar el gris inoportuno de la lluvia, me hablarás de veranos infantiles con luz de costumbres burguesas en un pueblo marino, hoy echado a perder, y escribirás poemas que mezclen la arena de los sexos, la libertad premeditada de las olas y el solitario rencor de tu inteligencia. Ya ves, los días previstos son impertinentes, llenos de fracasada comodidad, como los malos versos en un buen poema, amigos con los que no se acaba de tener confianza. Aunque a veces sucedan muy cerca de nosotros, aunque a veces terminen bien sus noches, recordados después, no nos dejan descansar tranquilos.

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Los hombres, la poesía y la banalidad melodramática de un exilio interior. Noches de viaje, noches sin compañía en algún cine: mal doblada la voz de aquel actor.

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Temo haber empezado a compartir ese ejercicio tuyo al que siempre regresas, la inclinación dudosa por hacer de la vida un libro no del todo real, con versos encontrados al doblar una esquina, como desconocidos paisajes de familia, sentimientos que siguen el orden de unas páginas. No me hubiese sido díficil decir que se trataba de un lujo personal de tu cáracter, del privilegio que te habías permitido con tu propia manera de pensar el destino, la compraventa de sueños y verdades en la que cada corazón necesita apoyarse.
Pero es un mundo por el que ahora empiezo a sentirme sometida, turbia de sombra y colorido, corriente abajo impulsada por una voluntad ajena, más peligrosa porque actua dentro de mí y me convierte en la espuma que el agua expulsa al chocar con sus propias orillas. También yo, como imitándote, como viviéndote, entre estas paredes asoladas que son el palacio de nuestra irrealidad, empiezo a abandonar demasiadas conjeturas, demasiadas antiguas batallas personales, y me parezco sin quererlo a ese personaje que nació desde ti, con la sangre invadida por versos y capítulos. O mejor, personaje del libro al que has sometido tu vida, siervo de una corona sin ejércitos. Y traicionarme es traicionarte: la pasión y el infierno, o el infierno de no vivir apasionados.

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...el mejor recuerdo de aquellos días, vestidos de otro tiempo, me sigue llegando al pensar en tus poemas y al volver a sentir la desmedida vanidad del fuego. En una habitación tomada únicamente por su luz, estaba siempre pidiendo la palabra, llamando la atención, interrumpiendo el tono de las conversaciones, sin respetar las sombras -al final en silencio- inclinadas y últimas de los cuerpos. Su pobre vanidad, su peor concesión al miedo de estar solo.

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...raras veces resisten dos soledades juntas las palabras.

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No he debido beber, no debería necesitar excusas para hablarte. ¿Por qué escribo esta nota, esta carta confusa que dejaré en la mesa antes de irnos, escondida en la prisa, atada desde ahora a los ojos que traigas cuando vuelvas? ¿Decirte que no pienso regresar?
Ni siquiera lo sé; escribo con la mano de una actriz en paro, evocando guiones sin escena, decorados a medio quitar, frases que se arrinconan y se mantienen en el aire de un teatro vacío. El ordenado desierto de sus butacas es la melancolía de quien recuerda una silueta que se fue y la esperanza de quien necesita amar al que aún no ha llegado. Mi ordenado desierto: una vida que no puede ofrecer más espectáculo. ¿Es tal vez un intento de quitarte las riendas, de sentir en los dedos, aunque muy débilmente, el caballo de unas páginas que ya me pertenecen tanto como a ti? Exiliarme del libro significa sin duda alimentarlo, encontrar un punto definitivo para mi personaje. Hay noches en el año donde se necesita simplemente una necesidad.

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Y gracias al demonio (en noches como esta, es el nombre que le damos a la historia), la espontaneidad se parece a un vicio de otro tiempo, como mascar tabaco o tener conciencia. Tú lo aprendiste de la mala poesía, no de los malos poemas.

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Pero tienes razón, ¿y para qué mentirnos?, ni el deseo ni la angustia suelen ser un infierno.

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Todas las noches anteriores a un viaje nos devuelven la intimidad por un instante, nos despegan hacia nosotros mismos, como pétalos pisados y otra vez en el viento.

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La poesía es el gesto más femenino que te conozco. Escribes porque temes la dominación.

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...pero el miedo se puebla de vértigo y me invita al juego. Porque admito que toda seducción, como toda metáfora, oculta un modo de violencia, una distancia invadida entre dos corazones. Nadie puede enamorarse sino de su propia idea del amor: todos somos la mano para un pecho de tela. ¿Podemos renunciar a saberlo? El desengaño es la única mentira respetable de la lucidez.

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...y aquel torbellino, en aquella imposibilidad de decir, tus labios, como un tiro de gracia.

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De nuestras avariciosas almas de personas amadas, igual que de nuestros cuerpos, acostumbramos a preferir las partes húmedas.
Nos ha ocurrido con frecuencia y mil veces caímos en la tentación de contarnos la vida. No recuerdo detalles, sólo la inexistencia que provocan ciertas conversaciones vividas en primera persona.
Conservo su irrealidad, como regresos a casa por la noche, sosteniendo la luz quemada de las calles, su celaje cambiante y artificial desteñido por ráfagas de lluvia, y la borrosidad de los ojos en el parabrisas, y ganas de no mirar del todo por una vez, de no decir enteras las palabras. Son recuerdos que hemos compartido. ¿También así regresas de un poema?.

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...y tus mejores versos parecían decisiones, determinados actos sin prudencia; sentías al hacerlos el temor de los sueños sin retorno, el lápiz que dibuja esa región oscura de la que uno siempre está volviendo.

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No hay discrepancias enigmáticas entre la realidad y la imaginación. Existe una realidad imaginaria, un modo fabulado donde se juntan las historias y la historia, los poemas y la poesía, su soledad y los que estamos solos.

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...amanecer violeta detrás de la ventana y la ciudad parece un barco anclado, veo su sombra navegar despacio, sin desaparecer, despacio, agrupándose bajo la luz rayada del horizonte y el brillo del whisky que te has dejado a medias. No estás aquí, es un amanecer que desconoces, pero que pasará sin duda a tus poemas.

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Por mucho amor que guarde,
una carta encontrada boca abajo en la mesa
será siempre un cadáver.

Luis García Montero

lunes 6 de octubre de 2008

Bailáme el agua