
Extraño amor: como en las malas canciones y en los días trágicos, mientras la oscuridad y el hielo, abrazados al fondo de los vasos, decoran nuestra historia de seres razonables, te dejo esta carta sin héroes encima de la mesa. No hay intención en ella: ni demanda moral ni instinto atormentado; es simplemente un gesto literario, la representación privada, el despedazado anfiteatro de nuestros ojos.
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Quien pretende elegir la felicidad sólo merece ser invitado a sus ritos. Nada es el mar en tus palabras sino una decisión para mañana, la conciencia escogida, el paso que te aleja del cuerpo o de la piedra que se arroja al vacío. No sé si te das cuenta: vas dispuesto a engañarte, y ofrecer renuncia es siempre un don amargo, palabra innecesaria para el que no lo sabe. A través del deseo intentarás salvar el gris inoportuno de la lluvia, me hablarás de veranos infantiles con luz de costumbres burguesas en un pueblo marino, hoy echado a perder, y escribirás poemas que mezclen la arena de los sexos, la libertad premeditada de las olas y el solitario rencor de tu inteligencia. Ya ves, los días previstos son impertinentes, llenos de fracasada comodidad, como los malos versos en un buen poema, amigos con los que no se acaba de tener confianza. Aunque a veces sucedan muy cerca de nosotros, aunque a veces terminen bien sus noches, recordados después, no nos dejan descansar tranquilos.
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Los hombres, la poesía y la banalidad melodramática de un exilio interior. Noches de viaje, noches sin compañía en algún cine: mal doblada la voz de aquel actor.
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Temo haber empezado a compartir ese ejercicio tuyo al que siempre regresas, la inclinación dudosa por hacer de la vida un libro no del todo real, con versos encontrados al doblar una esquina, como desconocidos paisajes de familia, sentimientos que siguen el orden de unas páginas. No me hubiese sido díficil decir que se trataba de un lujo personal de tu cáracter, del privilegio que te habías permitido con tu propia manera de pensar el destino, la compraventa de sueños y verdades en la que cada corazón necesita apoyarse.
Pero es un mundo por el que ahora empiezo a sentirme sometida, turbia de sombra y colorido, corriente abajo impulsada por una voluntad ajena, más peligrosa porque actua dentro de mí y me convierte en la espuma que el agua expulsa al chocar con sus propias orillas. También yo, como imitándote, como viviéndote, entre estas paredes asoladas que son el palacio de nuestra irrealidad, empiezo a abandonar demasiadas conjeturas, demasiadas antiguas batallas personales, y me parezco sin quererlo a ese personaje que nació desde ti, con la sangre invadida por versos y capítulos. O mejor, personaje del libro al que has sometido tu vida, siervo de una corona sin ejércitos. Y traicionarme es traicionarte: la pasión y el infierno, o el infierno de no vivir apasionados.
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...el mejor recuerdo de aquellos días, vestidos de otro tiempo, me sigue llegando al pensar en tus poemas y al volver a sentir la desmedida vanidad del fuego. En una habitación tomada únicamente por su luz, estaba siempre pidiendo la palabra, llamando la atención, interrumpiendo el tono de las conversaciones, sin respetar las sombras -al final en silencio- inclinadas y últimas de los cuerpos. Su pobre vanidad, su peor concesión al miedo de estar solo.
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...raras veces resisten dos soledades juntas las palabras.
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No he debido beber, no debería necesitar excusas para hablarte. ¿Por qué escribo esta nota, esta carta confusa que dejaré en la mesa antes de irnos, escondida en la prisa, atada desde ahora a los ojos que traigas cuando vuelvas? ¿Decirte que no pienso regresar?
Ni siquiera lo sé; escribo con la mano de una actriz en paro, evocando guiones sin escena, decorados a medio quitar, frases que se arrinconan y se mantienen en el aire de un teatro vacío. El ordenado desierto de sus butacas es la melancolía de quien recuerda una silueta que se fue y la esperanza de quien necesita amar al que aún no ha llegado. Mi ordenado desierto: una vida que no puede ofrecer más espectáculo. ¿Es tal vez un intento de quitarte las riendas, de sentir en los dedos, aunque muy débilmente, el caballo de unas páginas que ya me pertenecen tanto como a ti? Exiliarme del libro significa sin duda alimentarlo, encontrar un punto definitivo para mi personaje. Hay noches en el año donde se necesita simplemente una necesidad.
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Y gracias al demonio (en noches como esta, es el nombre que le damos a la historia), la espontaneidad se parece a un vicio de otro tiempo, como mascar tabaco o tener conciencia. Tú lo aprendiste de la mala poesía, no de los malos poemas.
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Pero tienes razón, ¿y para qué mentirnos?, ni el deseo ni la angustia suelen ser un infierno.
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Todas las noches anteriores a un viaje nos devuelven la intimidad por un instante, nos despegan hacia nosotros mismos, como pétalos pisados y otra vez en el viento.
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La poesía es el gesto más femenino que te conozco. Escribes porque temes la dominación.
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...pero el miedo se puebla de vértigo y me invita al juego. Porque admito que toda seducción, como toda metáfora, oculta un modo de violencia, una distancia invadida entre dos corazones. Nadie puede enamorarse sino de su propia idea del amor: todos somos la mano para un pecho de tela. ¿Podemos renunciar a saberlo? El desengaño es la única mentira respetable de la lucidez.
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...y aquel torbellino, en aquella imposibilidad de decir, tus labios, como un tiro de gracia.
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De nuestras avariciosas almas de personas amadas, igual que de nuestros cuerpos, acostumbramos a preferir las partes húmedas.
Nos ha ocurrido con frecuencia y mil veces caímos en la tentación de contarnos la vida. No recuerdo detalles, sólo la inexistencia que provocan ciertas conversaciones vividas en primera persona.
Conservo su irrealidad, como regresos a casa por la noche, sosteniendo la luz quemada de las calles, su celaje cambiante y artificial desteñido por ráfagas de lluvia, y la borrosidad de los ojos en el parabrisas, y ganas de no mirar del todo por una vez, de no decir enteras las palabras. Son recuerdos que hemos compartido. ¿También así regresas de un poema?.
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...y tus mejores versos parecían decisiones, determinados actos sin prudencia; sentías al hacerlos el temor de los sueños sin retorno, el lápiz que dibuja esa región oscura de la que uno siempre está volviendo.
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No hay discrepancias enigmáticas entre la realidad y la imaginación. Existe una realidad imaginaria, un modo fabulado donde se juntan las historias y la historia, los poemas y la poesía, su soledad y los que estamos solos.
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...amanecer violeta detrás de la ventana y la ciudad parece un barco anclado, veo su sombra navegar despacio, sin desaparecer, despacio, agrupándose bajo la luz rayada del horizonte y el brillo del whisky que te has dejado a medias. No estás aquí, es un amanecer que desconoces, pero que pasará sin duda a tus poemas.
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Por mucho amor que guarde,
una carta encontrada boca abajo en la mesa
será siempre un cadáver.
Luis García Montero